La obra de Antoni Tàpies
Un pintor de acción

EL 13 DE diciembre de 2008 el pintor Antoni Tàpies cumplió 85 años. A pesar de una salud quebradiza que limita su visión, el oído y la movilidad, a pesar de haberse sometido a una delicada operación este verano para implantarle un marcapasos, el artista pinta, y su pintura parece más vigente que nunca. Expone una selección de dibujos en la galería Lelong de Paris, cuadros en la galería Soledad Lorenzo de Madrid, y prepara una antológica de obras de los años 50 y 60 para la Dia Art Foundation de Nueva York. Pintura tan vigente como la tragedia que salpicó el siglo XX; como el drama del hombre enfrentado a sus límites y temores; como esa ruda trascendencia del poeta que sabe que todo lo que vive camina irremisiblemente hacia la muerte.
LOS COMIENZOS. La enfermedad y la guerra marcan sus comienzos. Entre 1936 y 1939 asiste con horror a la derrota de un gobierno democrático y legítimo y al inicio de la dictadura del General Franco. La situación familiar, la ciudad en la que vive, el ambiente cultural que había conocido en sus primeros años, se hacen trizas. Entre 1942 y 1943 una enfermedad pulmonar le mantendrá postrado en la cama. Dibujará, copiará a Van Gogh y a Picasso, estudiará los textos de Nietzsche, Ibsen, Stendhal, Proust. Escuchará a Wagner, a Brahms, quedará empapado por la estética de lo sublime, por el romanticismo alemán, por la naturaleza como fermento del infinito interior. Vendrán la Segunda Guerra Mundial, el horror total, las sucias complicidades de la sociedad gris que le cerca. Vendrán Sartre y Camus, y los viajes a Nueva York y a París. Y vendrá el amor a Teresa, una niña a la que profesa devoción, que vive en el Montseny, que habita los parajes de lo sublime, que será su musa, su esposa, y al final, la gestora de la gran industria Tàpies en la que se convertirá su pintura.

Entre 1945 y 1947 la pintura de Tàpies llega a la materia después de un periplo más o menos pobre por el postsurrealismo. Dos cuadros extraordinarios, si tenemos en cuenta que Tàpies provenía de una tradición figurativa inconmovible, le empujan al descubrimiento de la materia. Se trata de Creu de Paper de Diari (Cruz de papel de diario), 1946-1947, un collage y acuarela sobre papel, y Collage de les creus (collage de las cruces) de 1947. Dos magníficas composiciones resueltas con materiales pobres, papel de periódico, papel higiénico y cruces parcamente trazadas, rasguños sobre la superficie, que abordan una temática fúnebre, orgánica, de final de etapa y comienzo de otra. Son obras humus, cuadros sobre los que Tàpies construirá buena parte de sus presupuestos estilísticos en años siguientes: trabajar directamente sobre la superficie, con las manos, esgrafiando hasta casi dañar el espacio de la pintura, en tonos ocres, excremenciales, trazando la cruz, su gran icono, una cruz que también es una T, de Tàpies, de amor hacia Teresa, de Totalidad. Una pintura desnuda de artificios, cercana a la abstracción pero que conserva todavía elementos simbólicos reconocibles. Una pintura que se acerca al muro, al grafitti callejero, al estiércol sobre el que cuestionar al hombre.
Así será durante cincuenta años la pintura de Tàpies. Un arte, como recuerda J.F.Yvars en una de las muchas crónicas publicadas en estos días, que "sigue haciéndose de pigmentos y tierras, cenizas, los viejos reflejos que cristaliza el polvo de mármol, el muro, las raspaduras y los desechos urbanos". Una pintura que grita la barbarie, que llora la muerte, que ensordece violencias, orgánica, asimétrica, anómala, infinita, inacabable. Tàpies pinta Pintura, por eso su labor no acaba nunca. Cada cuadro es de nuevo un altercado con la materia pictórica. Cada cuadro es una palabra más en la colosal novela que escribe durante cincuenta años. Un individuo que escribe pintura. Una refriega constante, una fragmentación del yo, una muerte en vida.
UN ALFABETO PROPIO. Tres son los vectores formales que delimitarán la materia pictórica de Tàpies: la superficie del muro, la tierra y el trazo. Es decir, la urbe y sus grafismos, el sotobosque y las nieblas, y el signo, el gesto. Con ese parco alfabeto pictórico Tàpies desarrollará una pintura capaz de conmover. Una pintura en la que el infinito tiene cabida, pintura filosófica, musical, comprometida. Resuelta con paleta austera de ocres, grises, tierras, negros, algún blanco, rojo sangre, poco más. "Si he llegado a hacer cuadros sólo con gris, es en parte por la reacción que tuve frente al colorismo que caracterizaba el arte de la generación anterior a la mía, una pintura en la que se utilizaban mucho los colores primarios. El hecho de estar rodeado continuamente por el impacto de la publicidad y las señalizaciones características de nuestra sociedad también me llevó a buscar un color más interiorizado, lo que podría definirse como la penumbra, la luz de los sueños y de nuestro mundo interior. El color marrón se relaciona con una filosofía muy ligada al franciscanismo, con el hábito de los frailes franciscanos. Hay una tendencia a buscar lo que dicen los colores alegres: el rojo, el amarillo; pero en cambio para mí, los colores grises y marrones son más interiores, están más relacionados con el mundo filosófico", dijo Tàpies en el folleto de la exposición Comunicación sobre el muro (Fundación Tàpies, Barcelona, 1992). Siempre me llamó la atención, que incluso en sus ropas, en el atrezzo cotidiano, Teresa y el pintor escogieron estos colores. La irrupción de un color fuera de gama se convierte en un acto subversivo de una virulencia extrema, algo que sucede raramente en su pintura, y casi nunca en su vida objetual.

EL VIAJERO. En la pintura de Tàpies se puede leer el trazo; los objetos se revelan, el calcetín, un zapato, cualquier puerta vieja, una silla, el parco mundo objetual que rodea al Pintor tendrá lugar en esa pintura. Y también cabrá el paisaje del Montseny, los alcornoques, las nieblas, las cruces del cementerio, el dolor y la paradoja, la poesía de Oriente. Escribirá Tàpies en sus memorias: "Montseny, bosques matinales, atardeceres con cantos de ruiseñor, paseos por laberintos de encinas con mi querido perro. Caminar, pies, zapatos, bastón. Noches de niebla, noches de estrellas, noches de ira, noches dialogando con compañeros, haciendo proyectos, noches de música, noches de amor…".
Tàpies encabeza sus memorias con una cita de Hou K`ieou-tsen: "¿Cuál es el objetivo supremo del viajero? El objetivo supremo del viajero es ignorar a dónde va". Escribe pronto esas memorias. Quizás porque había pasado miedo, o porque veía que algo moría en la sociedad de aquellos días: veía morir el paradigma de la modernidad. En 1966 Antoni Tàpies acude a la asamblea clandestina que se celebra en el Convento de los Capuchinos de Sarriá, en Barcelona. Se debate sobre la creación del primer sindicato universitario democrático en pleno período franquista. Tras unos días de reclusión-protesta, tras unos días en los que la sociedad española estuvo pendiente de ese encierro y el régimen franquista barajó varias posibilidades de intervención, fue detenido por la policía junto a otros participantes, y posteriormente multado. Debió pasar miedo; algunos cronistas de la época, como Carlos Barral, hablan de la turbación de Tàpies y su familia. El Régimen no estaba para remilgos, y todo parecía posible. Ese mismo año empieza Tàpies la redacción de su libro autobiográfico "Memoria Personal", que publicará finalmente en 1978. Tàpies es pintor pero se maneja bien con los libros y la escritura. Es conocida su afición bibliófila y su interés por dejar un rastro escrito paralelo al gráfico. A fines de 2008 se editó una nueva selección de algunos de esos textos, prologados por D. Sam Abrams.
SOBRE EL DOLOR. Conozco a Tàpies desde hace unos doce años. Tuve la oportunidad de trabajar varias veces en sus estudios, ayudando a empacar los enormes cuadros que luego viajaron por innumerables compromisos con galerías y museos de medio mundo, montando algunas de sus exposiciones. A lo largo de esos años pequeñas charlas con el pintor y su entorno me han acercado a su Universo. He conocido, por tanto, a un Tàpies en plena madurez, alejado de las polémicas, de vanguardias y de modas. Tàpies siempre tuvo una relación estrecha con los acontecimientos de las épocas que le tocó recorrer. Dialogó y polemizó a través de su obra y sus textos con los fenómenos sociales y eventos contemporáneos del Arte.
"Nunca estoy contento con lo que hago", me dijo hace un par de años ante la pintura que había producido aquel verano. En Campins, población escondida en la cordillera del Montseny donde tiene un gran estudio, realiza desde hace 50 años el grueso de su producción. En pequeños cuadernos anota durante el invierno ideas que luego desarrolla en el estudio de Campins. Así, decide los tamaños de las telas que encarga. Empieza el proceso estival en un estudio vacío. Cada cuadro pintado conduce al siguiente. Al terminar la temporada el taller está repleto de pinturas que conectan las unas con las otras. Se trata de una narración continua que nunca ha sido mostrada al gran público aunque sí a los amigos, admiradores y colaboradores. Al llegar setiembre los cuadros se dispersan en las exposiciones comprometidas durante el invierno anterior. "Nunca estoy satisfecho; no llego a lo que quería contar; siempre me quedo a medio camino", me confiesa compungido, mientras paseamos entre la magnífica colección de cuadros. Tàpies no parece contento. Su pintura se sustenta sobre el dolor. Es un artista bisagra entre el paradigma de la modernidad y el desaliento de la posmodernidad. Su territorio es hacienda de nadie. Tàpies está solo.
El viejo Maestro pierde la salud año tras año. Su esposa Teresa me cuenta: "Antoni es el último de su estirpe". Un artista marcado por los avatares del siglo XX. "Ya no queda ninguno de sus contemporáneos con vida". "No sabemos qué deben opinar las nuevas generaciones del trabajo de Antoni; ¿Qué opináis?", me pregunta Teresa. "Antoni se ha dejado la salud trabajando este verano", me explica. Tàpies dibuja directamente en el suelo. Es un pintor campesino, que labra su pintura. Un esfuerzo que a un hombre de su edad le lleva al límite del vigor. Pero siempre ha sabido hacer de la dificultad y del límite una virtud. Es un pintor de acción. Su pintura es en gran medida el resultado de una performance, de una coreografía azarosa, de una predisposición a lo sublime. Casi nunca hay goteos en la pintura informal de Tàpies, a diferencia de, pongamos por caso, Pollock. La mancha está trazada sobre el lienzo. De alguna manera la pintura de Tàpies es siempre caligráfica, intencional. Tàpies lucha contra los límites que impone su mano: captura materiales, congela objetos que incrusta directamente en sus lienzos, roba esos objetos de su esfera cotidiana, traza con escobas, pinta directamente con las manos, desfallece sobre el lienzo, danzan sus brazos, camina sobre las telas, acaricia con sensualidad los materiales. Tàpies comprende y respeta el envejecimiento de éstos. Confundirse con el polvo, con la ceniza, con la tierra de donde surgimos y a donde vamos, demanda el Tao.
A mi entender nunca le hizo falta a Tàpies la cita oriental, ni el edicto político, con él disfrazó gran parte de su producción, ni la defensa estilística del informalismo frente a otros fenómenos del arte, ni el barniz espiritual. Porque lo impresionante de la pintura de Tàpies es su disputa íntima contra la muerte.
(Sant Celoni, 22 de Diciembre de 2008).
El País Digital.
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